Cuánta agua ha pasado bajo este puente, tanta que muchas cosas son irreconocibles tras semejante inundación. Cuántos sentimientos encontrados, viajar en una máquina del tiempo para volver a los viejos buenos tiempos, al sol radiante, al trino hueco de los pájaros, al olor a mar, al sonar de la campana. Muchas caras nuevas y pocas, muy pocas, reconocibles, todas ellas grandes seres humanos.
Personas que me emociona recordar y mencionarlas por lo significativas que fueron todas ellas en mi formación. Evaluando aquello que ellos me enseñaron, compartiendo el salón de clases desde la otra vereda, hoy no me senté en una de esas carpetas para ser alumno. Hoy me sentía extraño dentro del aula. ¿Autoridad yo? Miro atrás y me veo sentado en el salón de clases, en la “C”, como siempre y sólo para no perder la costumbre.
La voz de la profesora Marina se deja escuchar a través del pasadizo indiscreto y paso a ser un marinero oyendo el canto de una sirena. No me importa el tiempo transcurrido, quiero estar sentado como un alumno más. Por ella, por el tema de la clase, por querer ser una vez más el de entonces, por la gente, por el espacio, por lo simple que era todo entonces, por el mero hecho de querer recuperar un poco de aquello que perdí cuando me fui de aquel lugar, por los amigos que dejé.
Son muchos los sentimientos que se juntaron cuando volví al barrio, ese barrio que durante nueve años me vio crecer. Quise decirles mucho y apenas pude decirles algo. Creo que pude transmitirles todas esa gratitud que guardo hacia estas grandes personas con quienes me reencontré hoy, no puedo ser ingrato con quienes contribuyeron a ser lo que soy.
Los mejores recuerdos de mi vida escolar están en el San Agustín de Chiclayo, en ese espacio familiar del kilómetro 8 de la carretera a Pimentel. Donde una pileta sin agua te recibe y un águila de Hipona te saluda, donde existe un patio que tiene el honor de no ser utilizado para el recreo y donde una campana se deja oír de cuando en cuando.
Soy agustino desde el año 1993, fui parte de la primera promoción del colegio San Agustín que iniciaba sus estudios en lo que entonces era denominado como Preparatoria, una etapa previa al 1° grado de primaria. Desde entonces, los mejores y más gratos recuerdos de colegio son aquellos que me remiten a ese espacio ubicado en el km. 8 de la carretera Chiclayo – Pimentel, espacio en el cual estuve 8 años, antes de viajar a Colombia.
Los amigos, los juegos, los deportes, la enseñanza, los profesores, los espacios, aquel colegio cargado de una mística especial y afecto particular del cual hoy me encuentro bastante alejado. Sin embargo, nunca renegaré de mi formación agustina, de la cual me enorgullezco y forma parte de mi ideal educativo. Creo que no hay, ni habrá, un espacio mejor que aquel que me albergó durante tanto tiempo y que sentía realmente mi segundo hogar, algo que se perdió cuando viajé a Colombia.
Estuve viviendo dos años en Colombia, allá buscaba un espacio similar al San Agustín de Chiclayo, pero fue difícil hallar uno, tuve que conformarme con lo que había, no quedaba de otra. De regreso, la experiencia agustina previa fue el factor más importante para decidir el colegio en el cual culminaría mi formación escolar, y vaya que sí lo fue. Si bien las características del espacio no eran las mismas, la gente que encontré ahí y los valores formativos sí lo fueron.
Me alegra saber que en ambos colegios pasé la mejor etapa formativa posible, porque desde hace algún tiempo, muchas cosas no son las mismas, lo cual me hace sentir bien y mal al mismo tiempo. Bien porque disfruté de la mejor etapa posible, y mal, porque saber que las cosas han empeorado en muchos sentidos no me hace feliz.
Generalmente se aplica la frase “escobita nueva barre bien”, sin embargo, parece que ello no ha ocurrido en el San Agustín de Chiclayo y Lima con el nuevo director, Elías Neira, durante su estancia en ambos centros educativos, han sido muchas las quejas, así como han sido muchos los cambios, no todos se han dado dentro del clima más adecuado. Siguiendo con las frases, “cuando el río suena piedras trae”. Como muchas personas reconocen, los cambios son buenos, sin embargo, estos deben darse de una manera correcta y transparente, sin secretismos, sin pasar por encima del otro, sin meter cabe y sin cometer abusos.
El punto que ha provocado mi total rechazo a este hecho, ha sido el ataque del cual ha sido víctima el P. José Luis Iglesias, así como los otros directores que han antecedido la labor del P. Elías Neira. Aprecio demasiado al P. José Luis, considero que su labor en el colegio San Agustín ha sido siempre ejemplar, competente y, sobre todo, humana. Él supo trabajar en paralelo la parte académica y deportiva, logramos múltiples logros que le han dado prestigio al colegio, hecho que lo hizo mucho más reconocido en la provincia.
P. Elías Neira
Hacia dónde apunta ahora el colegio, sé de muy buena fuente que hay un resentimiento en los exalumnos de ese colegio, quienes, desde la salida del P. José Luis Iglesias, no han podido hacer uso de las instalaciones, como se acostumbraba, todos los domingos, después de la misa de 9.00 a.m. Definitivamente el colegio puede ser mucho mejor pero no se debe pisotear la fraternidad agustina, el carisma, la nobleza y la audacia que nos ha caracterizado siempre y que deben ser usados para los mejores fines posibles, tampoco debemos olvidar el lema con el cual nos sentimos identificados: Caridad, unidad, verdad. Espero que todo cambie para bien, porque la historia nos ha enseñado que todos los cambios que han querido derivar en buenas cosas, no siempre lo han sido. Apoyo un liderazgo sensato, no una tiranía canallesca y de la más baja calaña, algo que, aparentemente, empieza a asomar en esta nueva gestión.
P. José Luis Iglesias
Finalmente, los invito a leer esta carta anónima denominada: "Señor Elías", texto que leí con detenimiento y que generó una mezcla de sentimientos inexplicables que motivaron este posteo.