9 jun 2011

De vuelta al barrio


Cuánta agua ha pasado bajo este puente, tanta que muchas cosas son irreconocibles tras semejante inundación. Cuántos sentimientos encontrados, viajar en una máquina del tiempo para volver a los viejos buenos tiempos, al sol radiante, al trino hueco de los pájaros, al olor a mar, al sonar de la campana. Muchas caras nuevas y pocas, muy pocas, reconocibles, todas ellas grandes seres humanos.

Personas que me emociona recordar y mencionarlas por lo significativas que fueron todas ellas en mi formación. Evaluando aquello que ellos me enseñaron, compartiendo el salón de clases desde la otra vereda, hoy no me senté en una de esas carpetas para ser alumno. Hoy me sentía extraño dentro del aula. ¿Autoridad yo? Miro atrás y me veo sentado en el salón de clases, en la “C”, como siempre y sólo para no perder la costumbre.

La voz de la profesora Marina se deja escuchar a través del pasadizo indiscreto y paso a ser un marinero oyendo el canto de una sirena. No me importa el tiempo transcurrido, quiero estar sentado como un alumno más. Por ella, por el tema de la clase, por querer ser una vez más el de entonces, por la gente, por el espacio, por lo simple que era todo entonces, por el mero hecho de querer recuperar un poco de aquello que perdí cuando me fui de aquel lugar, por los amigos que dejé.

Son muchos los sentimientos que se juntaron cuando volví al barrio, ese barrio que durante nueve años me vio crecer. Quise decirles mucho y apenas pude decirles algo. Creo que pude transmitirles todas esa gratitud que guardo hacia estas grandes personas con quienes me reencontré hoy, no puedo ser ingrato con quienes contribuyeron a ser lo que soy.

Los mejores recuerdos de mi vida escolar están en el San Agustín de Chiclayo, en ese espacio familiar del kilómetro 8 de la carretera a Pimentel. Donde una pileta sin agua te recibe y un águila de Hipona te saluda, donde existe un patio que tiene el honor de no ser utilizado para el recreo y donde una campana se deja oír de cuando en cuando.

6 mar 2011

Regalo de cumpleaños #2

"Smile, though your heart is aching. Smile, even though it’s breaking. When there are clouds in the sky, you’ll get by."

Como todos los días el viejo se despertó temprano. Su esposa dormía en una cama gemela y también se había despertado muy temprano. Desconozco todos los detalles de la rutina diaria de ambos, sólo sé que luego de despertarse, ambos ancianos, permanecían despiertos en sus camas. Aún el día de hoy quisiera saber qué hacían en ese tiempo, nunca supe si rezaban, si pensaban en alguien en especial, si se remontaban a sus años mozos, no lo sé, siempre será un mágico misterio para mí. Recuerdo que alguna vez, uno de los muchos días que pasé con ellos, desperté muy temprano en su casa, por eso lo sé, por eso lo cuento así.

Era extraño, ambos lucían relajados, ella más que él, me atrevería a decir resignados, pero no lo sé. Sin embargo, esto no me asustó, al contrario, me conmovió de una manera especial. Terminado este momento, él se incorporaba y procedía a vestirse para realizar sus actividades diarias. Era tan rutinario el día a día de ellos, que hasta sus vestimentas eran reconocibles para mí.

Él solía usar una camisa o un polo sencillo y un pantalón, éste se sujetaba a su cintura de una correa de cuero negro con una “E” en la hebilla, si era invierno. En verano, la camisa o el polo no variaban, pero sí el pantalón, mas no la hebilla. El pantalón pasaba a ser bermudas o short que permitían afrontar el calor con mayor frescura. Ella, por otro lado, nunca me pareció complicada. Esta evidente simplicidad personal se reflejaba en su forma de vestir. Siempre la recordaré con vestidos de telas floreadas, flores pequeñas, de colores, en un fondo oscuro o claro, sencillo, como ella. Por más que trato de recordarlos de otra manera, para hacer más emocionante el relato, me es difícil, el día a día de ambos era así y sería injusto para ellos decir que fue de otra manera.

Un día normal transcurría sin mayores novedades, el viejo iba a su carpintería, al fondo de su casa, y pasaba el día trabajando en cualquier proyecto, pagado o no, pero siempre ocupado en su pasión. Hacía tanto y lo hacía tan bien, lo más pequeño, lo más grande, lo más fácil y lo más difícil, todo era posible. ¡Qué no hicimos mi hermana y yo en ese espacio! Ella, por otro lado, ya no tenía la energía de años atrás, a diferencia de su esposo, y fue duro para ella reconocerlo.

Fueron muchas las personas que pasaron por su casa para ayudarla en sus quehaceres. Pero ella, orgullosa como siempre, fue la última persona en darse cuenta de su estado actual, los años no pasaban en vano. Lo duro no fue aceptar a una persona que la ayudara, lo duro era aceptar a alguien que no fuera su nuera, una mujer a la que llegó a querer como a una hija, pero esta es otra historia.

Si bien su orgullo se doblegó para aceptar a una desconocida que la ayudara, ese día su orgullo no se doblegaría para pedirle un favor a la joven que la ayudaba entonces. El día transcurría con total normalidad, para todos menos para ella. La mañana y la tarde eran silenciosas, salvo el sonido de la cocina o de algún diálogo aislado entre Verónica, la joven que los acompañaba, y la anciana. Si él estaba en la carpintería hasta que el sol dejaba de iluminar el día, ella pasaba el día entre su sofá rojo de la sala, la banca marrón de la cocina o la silla verde nilo del comedor.

Llegada la noche, él nuevamente se cambiaba. Dejaba su ropa de trabajo y se ponía su ropa de “diario”, recuerdo que ello también era todo un ritual, comenzaba a las 6 de la tarde y culminaba a las 7 aproximadamente. Cuando la pareja se reencontraba, él se sentaba en el sofá rojo más cercano a la puerta de ingreso y ella generalmente se ubicaba a su lado derecho. Verónica se acomodaba en cualquier espacio, en una perezosa, en el sofá rojo grande, a diferencia de los ancianos, no se acomodaba en un sitio fijo.

La “programación” del día era conocida por las personas más cercanas a ambos, en este momento él veía la televisión o leía algún periódico que pudo haber llegado durante el día a la casa. Verónica y la anciana acompañaban el momento, mientras la joven rebozaba vitalidad y veía la televisión. La anciana sólo escuchaba, su vista estaba dañada por la edad y por la enfermedad que la aquejó por mucho tiempo; sin embargo, su oído funcionaba muy bien, a diferencia del viejo que era víctima de sordera en uno de sus oídos, esto no sé bien cuando ocurrió.

Llegado este momento, en uno de esos días especiales, ella, más con pena que con temor, decía:
            -Viejo
            -Uhmmm –murmuró instintivamente para señalar que le prestaba atención.
            -¡Viejo! –le gritó la anciana.
            -¿Qué?
            -Hoy día es miércoles.
            -Ya.
            -¿Es miércoles, no?
            -Sí, ¿qué pasó? ¿Tu pastilla? –preguntó con cierta preocupación.
            -No, ya Verónica me la dio. –comentó ella con cierta incomodidad.
            -¿Ah?
            -Hoy es cumple de mi cholito.

En ese momento, el viejo estalla en carcajadas. Inmediatamente se pone de pie y va a ver el calendario que le regaló el señor de la bodega de la esquina y que cuelga de un espejo que adorna el comedor. Suena el teléfono y Verónica se dirige rápido a contestar, luego de conversar brevemente con el interlocutor llama al viejo que veía atentamente el calendario.
            -¡Don Elesván!
            -¡Eh! –respondió el viejo.
            -Lo llama Carlos.
            -¡Ay mi hijito! –exclamó emocionada la anciana.

Con las energías que no tenía, ella intenta incorporarse. Verónica deja el teléfono en la mesa y va a ayudar a la anciana, mientras tanto el viejo coge el auricular.
            -¿Carlos? … Feliz cumpleaños pues hijo. –le dice el anciano a su nieto.

La anciana, con las fuerzas que no tiene, sigue firme en su camino al teléfono.
            -Sí pues, acá el calendario que recién me avisa. –dice el viejo emocionado entre risas.

Ella llega al teléfono y con las fuerzas que no tiene se adueña del auricular, como lo hacía siempre que hablaba con su nieto.
            -¡Papacito lindo!...
            -¡Abu! –respondí emocionado.

Y así, como ocurre ahora, un par de lágrimas recorrieron mis mejillas.

5 mar 2011

Regalo de cumpleaños #1


Ese primero de octubre fue un pésimo día para mí. No sé bien por qué pero la molestia mía era más que evidente. Era domingo y teníamos que ir a la casa de mis abuelos. Coloco la palabra “teníamos que” a propósito, honestamente, me encantaba ir a su casa, pero ese día estaba tan molesto con todos que no quería saber nada de nadie. Durante el camino, mientras mi papá conducía a la casa de mis abuelos, hablaba conmigo. No recuerdo si me reñía o trataba de hacerme entender que mi molestia estaba mal enfocada, pero recuerdo que algo me decía.

Antes de subir al auto mi papá me había dado un paquete envuelto en un papel de regalo, no quise aceptarlo pero al final acepté, de mala gana, entregarlo. Con muchos años menos, tantos que no recuerdo cuántos, era tierno dar un regalo tan bien forrado acompañado por el abrazo y beso respectivos.

El camino lo conocía de memoria y desde el asiento posterior, en el cual me senté porque estaba muy molesto, veía a través de la ventana el paisaje de casas y árboles que conocía de memoria también. Sólo éramos mi papá y yo en el carro, al menos ese es el recuerdo que tengo yo, lo cual no me sorprende porque días tan especiales como aquellos se celebraban como si de una festividad nacional se tratara.

Llegamos a nuestro destino y mi papá me dio las indicaciones finales. No sé qué pasó pero nuestro ingreso se retrasó, yo sólo esperaba que alguien abriera la puerta para poder entrar y encontrar con qué distraerme, mi molestia aumentaba. El tiempo pasaba y decidí tocar la puerta. La puerta se abrió y lo que dije marcó para siempre los primero de octubre posteriores.

            -¡Toma tu polo! –dije molesto, entregué el regalo de cumpleaños y entré a la casa.

Mi abuelo se sorprendió con mi saludo, recibió el regalo, se quedó en silencio por un momento para luego estallar en carcajadas, riendo de esa manera tan particular que difícilmente podré olvidar. Su reacción me sorprendió mucho, por supuesto más tarde me disculpé con él, previo mea culpa y llamada de atención de mis papás. Sin embargo, el tiempo pasó y cada vez que mi abuelo se acordaba de aquello en alguna conversación, a mí se me caía la cara de vergüenza pero a él el rostro se le iluminaba de alegría.

Nunca le pregunté si ese (in)feliz detalle hizo que aquel cumpleaños fuera el mejor que haya tenido, pero quiero creer que ese fue el mejor cumpleaños que tuvo conmigo.



2 feb 2011

Al César lo que es del César


Jamás podré reconocer la calidad personal de alguien que es capaz de traicionar de la manera más infame y que, sin ningún reparo, tira por la borda una amistad sincera de la manera más baja posible, además, es incapaz de dar la cara para enfrentar las consecuencias de los errores cometidos. Definitivamente no sería consecuente con lo que creo, y con lo que soy, si hiciera lo contrario.


Sin embargo, aunque a muchas personas les cueste o simplemente sean incapaces de hacerlo, una persona tiene muchos "planos" en los cuales se desarrolla. Una persona puede ser un pésimo ser humano, pero un excelente profesional, y si bien son situaciones opuestas, son dos cosas diferentes que se dan y que uno debe se capaz de separar, comprender y reconocer.


Este domingo, en la final del LI Concurso de Marinera Norteña, la categoría de Campeón de Campeones tuvo todos los elementos posibles que me permitieron, una vez más, darme cuenta de ello y reconocer la paradoja que representan algunas personas.


Después de mucho tiempo, muchísimo diría yo, una pareja de marinera fue capaz de emocionarme al extremo. El baile que ambos bailarines realizaban en el escenario trascendía cualquier espacio físico posible y me trasladaron a un plano totalmente diferente. La coreografía, el gesto corporal, la intimidad de su mensaje y la complicidad de ambos, fueron capaces de hacerme olvidar, por un momento, quien era quién.


No sé cuanto duró ello, ahora sí lo sé, pero durante ese baile el tiempo no existió. La emoción de ellos me emocionó, me contagié de la sincronía, casi perfecta, la coreografía, la irreverencia, la originalidad, la creatividad, muchas cosas que ellos hacían que se viera sencillo, pero que definitivamente no lo era.


Después de mucho tiempo, alguien que no es mi hermana, logró conmoverme de una manera tan grata y tan especial. Fue entonces que comprendí que eso es lo que hace de este concurso algo tan particular, más allá de lo que (dicen) ocurre detrás de la pista de baile.


Trujillo es todo aquello que reservan los buenos y verdaderos bailarines para momentos especiales como este y que una banda o un escapulario de campeón no podrán reconocer, aunque muchos piensen lo contrario. Si bien un grupo de personas reconoce que eres el mejor; para el artista, el verdadero artista, el mejor reconocimiento es el aplauso real del público, capaz de reconocer la auténtica calidad artística de un bailarín.


Bien bailado Renato Benavides, muy bien bailado. Una vez más demostraste la calidad artística innegable que tienes. Y como me dijiste alguna vez, se divirtieron y eso es lo más importante. Sin embargo, luego de haber pasado todo lo que pasó y haber hecho todo lo que hiciste, ya no sé si sigues pensando lo mismo, pero yo sigo creyendo que eso es así.

18 ene 2011

Se busca princesa (pero no de cuento)


A quien corresponda:

Quizás yo ya te conozco, así como tú a mí. Puede que sólo seamos amigos o conocidos o compañeros o, simplemente, dos extraños que se mastican pero no se pasan. Puede que aún no nos conozcamos, aunque puede que ya nos hayamos visto o cruzado en alguna calle, caminando hacia rumbos distintos sin pensar en ese sujeto X que pasó por mi lado. También cabe la posibilidad de que jamás en la vida nos hayamos visto y nos encontremos en lugares totalmente distantes, en sitios opuestos geográficamente, separados por una casa, una cuadra, una calle, un distrito, una ciudad, un departamento, un país, un continente, un mar.

Y que hago aquí, mirando al cielo, a diez mil kilómetros de tus besos, besando banderas, abriendo fuego, cavando trincheras, y te echo de menos. (Huecco – Mirando al cielo)

No me cansa esperarte, si bien las esperas no son gratas, este tipo de espera no cansa. Quisiera encontrarte, pero no desespero en buscarte. Pero sé muy bien que quiero que seas una princesa, mi princesa. No quiero que sólo seas el personaje protagónico de un cuento de hadas, porque no creo en los cuentos y porque sé que no tendrás zapatos de cristal, ni ratones que sepan coser, ni un bosque encantado, ni enanos que custodien nuestra felicidad. Definitivamente no será necesario que tengas una larga cabellera para hacer una trenza y alcanzar con ella la torre más alta del castillo en el cual te encuentras.

Enredados en tu pelo se quedaron esos versos que te di y tantas cosas que sentí. Y cuando nos despedimos se quedaron, tantas cosas por decir, y es que la vida es así. (Timbalive – Enredado en tu pelo)

También sé que no te conoceré comiendo una manzana (la idea implica la existencia de una malvada bruja, lo cual no es grato, como tampoco lo es la parte del veneno en la manzana, por ambas razones, no) Y no serás una princesa de cuento porque los cuentos tienen finales y las cosas buenas no deberían tener final. No quiero un cuento, porque ahí casi todo es fantasía y el mundo en el que vivo (bueno, en el que vivimos y en el cual espero vivir contigo) no es una fantasía, es una realidad, con el dolor y las lágrimas correspondientes, pero quiero que tenga la mayor cantidad de alegrías y risas posibles. Quisiera vivir y compartir contigo cada una de las cosas buenas y malas que tenga/tengamos que vivir. Digamos que esa es la parte de los cuentos que sí quiero vivir contigo, la "magia" de los cuentos de hadas, si crees en ellos.

And in this crazy life, and through these crazy times, it's you, it's you. You make me sing, you're every line, you're every word, you're everything. (Michael Bublé – Everything)

No habrá enanos que nos acompañen con canciones alegres pero tendremos verdaderos amigos que nos apoyen y a los cuales apoyaremos. No habrá un castillo de piedra enorme, con torres, puentes y dragones. Pero tendremos paredes firmes que nos permitirán enfrentar las peores dificultades. Y quiero construir fosas profundas en las cuales podamos depositar las tristezas que vivamos. Las torres más elevadas las levantaremos sólo para poder ver las cosas más hermosas que el horizonte nos quiera mostrar. Las ciudades bulliciosas reemplazarán a los bosques encantados. La medianoche sólo será un momento más del día. Tú no tendrás que huir, yo no tendré que buscarte.

Encontrarte cuando el sol se oculte allá detrás del cerro y descubrirte con mis besos y entregarte el corazón. (Carlos Vives – Quiero verte sonreír)

No creo en los cuentos de hadas. No creo en las brujas que hay en ellos, porque el mundo real tiene seres que, como las brujas malvadas y los perversos hechiceros de los cuentos, tratarán de hacer cosas malas, sin pociones, sin palabras mágicas. No hay siete enanos. No hay tres cerditos. No hay una niña de caperuza roja, un lobo feroz, una abuelita cegatona o un leñador valiente. No hay sapos a los cuales besar. No hay un muñeco parlante y mentiroso de madera. No hay hermanastras. Créeme que las personas de carne y hueso pueden ser mucho más sorprendentes y complejas que cualquier personaje de cuento, el más fantástico de los relatos puede ser superado por un hecho real.

Que tú no sabes que yo te canto todas las mañanas una cancioncita al oído, te arropo y cierro la ventana, para que tú no sientas frío. (Juan Luis Guerra - Cancioncita de amor)

No quiero vivir contigo cuento de hadas típico. Quiero que formes parte de una realidad, la mía, para formar una nueva: la nuestra. Los cuentos que nos contaron son invenciones. Los cuentos que nos contaron, la mayor parte de ellos, son mentiras. Quiero encontrarte, princesa (pero no de cuento), sólo para vivir la parte del "happily forever after", la única parte verdaderamente atractiva de los cuentos de hadas. Y quiero creer que cuando te encuentre, tú estarás dispuesta a vivir conmigo el "happily forever after" de nuestro "cuento", a ser la princesa de nuestro cuento.

Wouldn't it be nice if we could wake up in the morning when the day is new? And after having spent the day together hold each other close the whole night through. (Beach Boys – Wouldn’t it be nice)